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Choi Yong-woo miró con satisfacción a la joven mujer extranjera que había salido del probador con un vestido sin tirantes color rojo y corte sirena que hacía juego con su porte recto y elegante, con una apertura en la pierna derecha, lo que le podría facilitar ocultar un arma punzocortante.
La mirada de la muchacha era de absoluta rigidez e indiferencia, como una bella rosa que tiene espinas a su alrededor. Una rosa que Yong-woo quería poseer, dominar, romper con sus propias manos. Pero ella... Ella no era frágil. Podía oler su miedo y su incertidumbre, sí. Lo podía percibir en esos ojos oscuros llenos de resignación y aceptación; lo podía palpar en cada roce que le daba.
Claudia no era la típica mujer que se quiebra ante su sola presencia. Ni siquiera demostraba dolor o tristeza. Era firme a pesar de su temor, era comedida cuando le dirigía la palabra. Callaba en el preciso instante en que él hablaba. Lo observaba, lo analizaba, y puede que hasta estaba apuntando mentalmente cualquier información que pudiera ayudarla a salir de ese mundo.
Quizás estaba esperando el momento de que él se cansara de ella para poder movilizarse.
Dio un respingo mientras dejaba a un lado el puro. Si lo pensaba con detenimiento, esa era la razón por la que Claudia se enfocaba más en cultivar su mente aprendiendo a leer, escribir y hablar en coreano. Ella no se esforzaba en conservar su favor como lo hicieron otras; estaba consciente de que tenía el tiempo contado y que debía aprovecharlo.
"Mujer lista... Eres una mujer lista", musitó con una sonrisa.
