Hay una elegancia invencible en la quietud de las palomas, en la curva perfecta de su cuello, en el destello iridiscente entre las plumas grises, en la paciencia profunda con la que incuban esperanza.

En sus alas guardan la memoria del aire, la promesa de un vuelo que ahora se detiene tras barrotes. El hierro las contiene, pero no las define. Porque la libertad no se borra: se suspende, se espera, se sueña.

Cada mirada de paloma es un horizonte que no cabe en la jaula. Cada pluma, un mapa hacia lo inmenso. El silencio de su encierro es también un canto, el cual sostiene orgulloso que su esencia vale mucho más que su limitación.

La jaula es un instante, la libertad es eterna. Y aunque hoy sus alas reposen, mañana volverán a escribir en el cielo la poesía de lo libre.
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