Rafael me dijo que una noche no le alcanzaba.
Yo aún procesaba esas palabras cuando alguien golpeó la puerta.
Tres golpes secos. Autoritarios. Golpes que ya conocía.
Rafael miro hacia la entrada. Yo no. Yo ya sabía quién era.
—Quédate aquí —dije, y crucé la habitación con el paso lento y seguro que me da el vestido rojo sangre.
Abrí la puerta. Era Javier, mi hombre de confianza. El mismo que había secuestrado a Rafael hace una hora.
—Jefa —dijo en voz baja, mirando hacia abajo —. Tenemos un problema.
—Dime.
—La mujer. Yenifer. Está en el lobby del hotel. Está preguntando por Rafael. Dice que es su novia.
Sonreí. No una sonrisa bonita. Una sonrisa de esas que me salen cuando alguien quiere jugar en mi territorio. Una sonrisa chantajista.
—¿Le dijeron algo?
—No. Solo le dijimos que no teníamos registro de ningún huésped con ese nombre.
—Bien. Que espere. Y si se pone difícil… —hice una pausa dramática—. Dile que Rafael está oocupado. Y que si quiere esperar, que espere abajo. Sola.
Javier asintió y se fue sin hacer ruido.
Cerré la puerta, apoyé la espalda contra ella y solté un suspiro, un suspiro de: ¡qué pesada es esta Yenifer!
Rafael me miraba desde el balcón, con los brazos cruzados y una expresión que no podía descifrar.
—Tu novia está abajo —dije, arqueando una ceja—. O eso dice ella.
—No es mi novia —respondió él, y su voz sonó más grave que antes—. Ya te lo dije.
—Bueno, las mujeres no suelen ir a buscar a un hombre a un hotel a las siete de la tarde si no hay algo más que "nada serio" —dije, y me despegué de la puerta.
Caminé hacia él. Despacio. Dejando que el vestido rozara el suelo. Dejando que él viera cada paso. Podía ver como se perdía en el movimiento de mi cintura mientras caminaba.
Rafael tragó saliva. Lo vi. Su nuez se movió y mis labios se curvaron.
—¿Qué quieres que haga, Sofía? —preguntó, y su voz ya no era tan segura.
—No quiero que hagas nada —dije, y me detuve a centímetros de él—. Solo quiero que me mires a los ojos y me digas la verdad.
Lo hice. Me miró. Y yo me quedé sumergida en esos ojos que llevaba dos años recordando.
—La verdad es que hace dos años no pude sacarte de mi cabeza —dijo, y esta vez no apartó la mirada—. La verdad es que Yenifer es una buena mujer, pero no es tú. La verdad es que cuando tus hombres me trajeron aquí, tuve miedo… pero también tuve curiosidad. Y ahora que estoy frente a ti, no quiero estar en ningún otro lugar.
Mi corazón latió tan fuerte que juré que él podía oírlo.
—Esa es una buena respuesta —susurré—. Pero aún no me has dicho lo más importante.
—¿Qué?
Me puse de puntillas. Acerqué mis labios a su oído. Sentí su piel erizarse antes de que yo siquiera hablara.
—¿Qué vas a hacer cuando ella suba aquí? —pregunté, dejando que mi aliento calentara su oreja—. Porque lo hará, Rafael. Tarde o temprano, va a subir.
Él cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había algo nuevo en ellos. Algo más oscuro.
—Entonces que no nos encuentre juntos —dijo.
Y antes de que yo pudiera reaccionar, me agarró por la cintura y me pegó contra su cuerpo.
El vestido rojo se arrugó entre sus dedos.
Yo solté un pequeño gemido de sorpresa… que se transformó en una risa baja cuando sentí su boca rozando mi cuello.
—Eres como te recuerdo, te gusta jugar sucio —dije, enredando mis dedos en su cabello.
—Tú me enseñaste —respondió él contra mi piel—. Hace dos años.
El teléfono de él volvió a sonar sobre la cama.
Yenifer otra vez.
Y ninguno de los dos le prestó atención.
¿Yenifer va a subir a la habitación? ¿Rafael le abrirá la puerta o se comportará como cobarde?